Comelibros.

libros.jpgSoy un comelibros. Es verdad. No puedo estar sin leer algo. A veces tengo 2 ó 3 libros que leo simultáneamente, claro que de diversos temas. Empecé el año leyendo la saga de Los Reyes Malditos de Maurice Druon (siete volúmenes). Se lee con facilidad e interés, ideal para los que se apasionan por la novela histórica, entre los que me cuento. De vacaciones en República Dominicana, llevé y terminé El Club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte, una interesante novela sobre un manuscrito antiguo mezclada con intriga policial. Allá me quedé sin lectura y en el hotel encontré Mi País Inventado de Isabel Allende, que leí rápido. No me gustó, ridiculiza un poco a los chilenos sin gran ingenio. Luego una turista me prestó La Pianista, de Elfriede Jelinek, Premio Nobel de Literatura, drama sicológico de una pianista solterona con una madre posesiva. Después de mi regreso de la isla del merengue, la lectura obligada fue La Fiesta del Chivo, de Vargas Llosa, la que disfruté de especial manera al haber visto la obra física de Trujillo y entender un poco qué fue de ese dictador. Me demoré un poco en leer Bordolino, de Umberto Ecco, algo difícil en la línea de la fantasía histórico-mitológica. Para suavizar el intelecto, despaché un par de novelas de guerra de Ken Follett, Vuelo Final y Alto Riesgo. Ruta del Fuego, de Ann Benson, fue una buena elección, que acompañé de La Elipse Templaria, de Abel Caballero. Me gusta mucho leer sobre la Edad Media, los Templarios y los cátaros. Por eso, rápidamente leí El Enigma Sagrado y su continuación, El Legado Mesiánico, de Baigent, Leigh y Lincoln, que trata sobre la misteriosa Prieurié de Sion y el Santo Grial y la sangre divina en la dinastía merovingia de Francia. Apasionante, merece más atención esta teoría. Tenía guardado el Napoleón, de Max Gallo, que leí en el invierno. Descubrí aspectos desconocidos de este gran protagonista de la historia. Después hice lo mismo con dos novelas de Roberto Ampuero, livianitas y amenas, Los Amantes de Estocolmo y ¿Quién Mató a Cristián Kustermann? Contra la Corriente, de Hermógenes Pérez de Arce, lo tuve en el velador para ir leyendo poco a poco sus columnas. Es entretenido, escribe bien, me trae recuerdos de la época dura de la Unidad Popular en Chile. Con El Señor de los Cátaros, de Hanny Alders, volviendo sobre la triste historia de los hombres buenos en el siglo XIII, estoy terminando el año. Ya tengo mi provisión para 2006, además de algunos otros que podré comprar en vacaciones en Bariloche, donde los libros son realmente más económicos, aunque algunas liquidaciones locales acá en Temuco me han dado verdaderas sorpresas, con muy buenos libros a precios irrisorios. Eso sí, hay que ser un ratón profesional de biblioteca para dar con estas excepcionales y raras ofertas.

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