Cultura cívica.

La antigua civitas romana hacía referencia a la urbe, la ciudad, a la forma de compartir juntos en un espacio definido, casi siempre encerrado entre murallas por razones de seguridad y defensa, construyendo un sistema de convivencia organizado con pleno respeto a los derechos de todos los ciudadanos. De ahí viene el término “civilización”, entendiéndolo como desarrollo de diferentes formas de vida civil, evolucionada, contrapuesta a la ley de la selección natural que rige la vida silvestre, donde perviven únicamente los más fuertes. Sólo el hombre puede desarrollar una “cultura” a partir de las experiencias históricas de un pueblo. Los animales viven atados a su comportamiento instintivo ancestral, apenas modificable mediante mutaciones de adaptación a lo largo de los siglos. Y las especies que no lo logran, van a engrosar la lista de las extinguidas que sólo pueden ser mostradas en los museos o en los textos de paleontología.

Nuestras ciudades, herederas de clásicas urbes que fueron cuna de la civilización occidental, se van alejando poco a poco del patrón civilizado para aproximarse cada día más al patrón silvestre. Vamos transgrediendo sistemáticamente todas las normas de sana convivencia. Desde la delincuencia, brutal forma de rechazo al más básico respeto por la vida y la propiedad ajenas, hasta otras menos invasoras, pero igualmente repudiables, como es la contaminación del medio ambiente con tóxicos y basuras, la destrucción sistemática de la propiedad pública, una falta de respeto absoluta por las leyes del tránsito y circulación, el “graffitado” absurdo de cada pared decente, el daño inmisericorde de los mobiliarios escolar y universitario, la crueldad con animales, e innumerables etcéteras que harían tediosa esta lista. Sin considerar una moda reciente: las hordas de anarquistas modernos encapuchados que son capaces de arrasar con el patrimonio urbano y privado a la vista y paciencia de atemorizados custodios del orden precariamente parapetados detrás de escudos de plástico.

Nace la “cultura de la trasgresión”, en la cual va ganando mérito y aplauso la acumulación progresiva de eventos transgresores sobre las normas a modo de un inicuo currículo que puede ser exhibido con equivocado orgullo. Cada ley genera, casi de inmediato, diez sistemas para burlarla, estableciéndose verdaderos manuales de procedimiento para lograrlo. “Hecha la ley, hecha la trampa”, dice un antiguo refrán. Desde las autoridades hasta el último ciudadano, van apareciendo involucrados en situaciones donde esto queda de manifiesto. Algunas situaciones de malversación de fondos públicos son de reciente connotación y mal recuerdo.

Opuesta a ella tenemos la “cultura del respeto”, observable en comunidades con alta civilización, donde los individuos, todos, cumplen con las normas de sana convivencia, no por temor al garrote, léase multas y castigos, sino porque está incorporado en su ética personal el actuar con corrección. Las disposiciones reglamentarias no han aparecido en la ciudadanía de manera caprichosa y arbitraria, sino que se determinan para que la comunidad tenga una mejor calidad de vida con seguridad y respeto. No se concibe que alguien pueda vivir al margen de ellas y se reglamente por códigos propios. Y si alguno es sorprendido violando normas que todos respetan, se aplican penas ejemplares. En estos lugares, los derechos humanos están posicionados en el lado que corresponde: a favor de los ciudadanos honestos.

La “cultura del respeto” sólo se logra desde la cuna. Es una virtud permanente y progresiva. Se va creciendo junto a estos valores que el buen ejemplo de la familia y el medio virtuoso van reforzando y retroalimentando. En cambio la “cultura de la trasgresión” nos acerca al atavismo de la jungla, donde se sobrevive durmiendo con un ojo y manteniendo a prudente distancia a los depredadores mediante el palo o el fuego. Muchas veces ellos son más fuertes y van ganando terreno, en especial cuando la sociedad actúa en forma contemplativa y pierde los mecanismos de control. El caos y el descontrol son más contagiantes que el orden y la virtud.

¿Cómo ser capaz de promover la cultura cívica que nos acerque en definitiva hacia la civilización plena? Con una educación de calidad. Con normas sociales claras. Con una justicia eficiente. Con un aparato estatal honesto. Con líderes positivos.

Una vez lograda, de ahí al desarrollo habrá sólo un paso.

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2 Respuestas a “Cultura cívica.

  1. MIrennn eso no me sirve de nada yo ando buscando que es porque tengo tarea de investigarlo welles 😦

  2. No es lo que busco ya que hubieras puesto de forma resumida lo que es. ¡ES DECIR LA ESCENCIAN ; Y7 NO MUCHO FLOR0
    WEY!???

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