Nos hemos olvidado de las motonetas.

Hoy mucho se discute sobre la contaminación ambiental en las ciudades, en particular la situación de Santiago, que afecta a millones de chilenos en un solo lugar. Se combina esto con el aumento del parque automotriz, que contamina a través de los residuos de la combustión en los motores y por el polvo en suspensión que levantan desde las calles. La solución última no parece cercana, pues está relacionada con la intervención sobre mucha actividad industrial contaminante ubicada en las cercanías de la capital y otras ciudades, quemas agrícolas, uso de madera para calefacción y condiciones climáticas de imposible modificación, entre otras razones.

Pero sí se puede cambiar la cultura del tráfico en las ciudades. ¿Alguien ha estado en España recientemente? ¿O en Italia? ¿Cómo se moviliza el común del ciudadano de medianos y bajos ingresos?: en motoneta. El clásico “scooter” es el medio más utilizado. Por personas de toda edad. Económico, ocupa muy poco espacio a la hora de estacionar, no contribuye a crear tacos en el flujo vehicular, es rápido y muy maniobrable. Claro que se necesita crear una cultura para su adecuada introducción masiva. Debe ser manejado con prudencia, evitando cabriolas arriesgadas, a la velocidad permitida y respetando para ser respetado. Funciona muy bien en Europa, en países considerados ricos. Es curioso que no pueda funcionar en Chile, país pobre y con limitados recursos energéticos. Todo el mundo debiera movilizarse en motoneta. Disminuiría el parque automotor en forma drástica, dejando las calles más despejadas para la movilización colectiva, habría un ahorro considerable de combustible, y la gente andaría más alegre en una ciudad más humanizada, menos ahogada por un tráfico alienante, más económica en términos de gastos de traslado y más civilizada a la larga.

¿Por qué no? Un toque romántico volviendo a un pasado ya vivido donde este elemento fue protagonista en la juventud de los 60. Recordemos a la Vespa (avispa) italiana, que ya no es meramente un scooter, sino una leyenda, un mito de culto, un modo de ser. Nació en 1946 por iniciativa genial de Enrico Piaggio y el modelo innovador de Corradino D’Ascanio, un diseñador aeronáutico, que dejó su huella en la rueda delantera que semeja el tren de aterrizaje de un avión. En los años de la “dolce vita” apareció como un símbolo de esa época e identificó a Italia como “el país de la Vespa”. Llegó ser imperdible actor en centenares de películas

Lamentablemente, su importancia en nuestro país quedó atrás, superada por el afán de emular el tipo de vida norteamericano, con automóviles enormes y un boato innecesario. El afán de figuración social se sustenta en la cantidad de tracciones que tenga un automóvil y se cree que el tamaño de la cilindrada dará rango y prestancia. Como en la Edad Media, en que la cantidad de caballos medía la riqueza e importancia del burgo. Hoy es la cantidad de HP (caballos de fuerza).

Un rasgo más de nuestra inconsecuencia imitativa que nos lleva a creernos lo que no somos.

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