Paseaba un domingo soleado por las riberas del lago Budi. Llegué a Puerto Domínguez a media mañana, el pueblo dormitaba todavía en un tardío levantarse dominical. Parecía atractivo dar un paseo por la costanera para observar a los cisnes de cuello negro que han llegado en buen número hasta estas aguas, emigrando desde otras zonas más contaminadas ubicadas hacia el sur. Son muy bellos, su majestuosa figura engalana este paisaje campesino y mapuche como joyas en una trapalacucha machi.
La pobreza del poblado sobrecoge. Hay humildad en esta condición. Se observa una atmósfera de resignación en sus callejuelas y la gente te mira con interés y curiosidad al encontrarse con un paseante foráneo. Pareciera que los visitantes no son muy numerosos por acá, el interés turístico de esta parte de la Araucanía es muy limitado. Y no debiera serlo, el lago es muy bello con aguas calmas, posee un entorno agrícola llamativo, está muy cerca del mar y es el único lago salado de esta parte de América. Pero aparece remoto e ignorado. Recién hay intentos de completar el asfalto desde Carahue, vínculo natural de salida hacia Temuco. Y la proyectada Carretera de los Conquistadores, otra obra estrella de gobiernos pasados, avanza como un senil caracol. Abriría una ruta que podría atraer a los turistas. Pero hay algún grado de riesgo al tener muchos turistas indiscriminadamente: el de destruir la autenticidad de este lugar, la bucólica paz y quietud de un paisaje que parece inmovilizado en el tiempo y las costumbres.
Me acerqué al embarcadero de la barcaza municipal, que hoy luce remozado y mucho más seguro. Allí se encontraban dos muchachitas leyendo en voz alta bajo la tutela de un adulto, probablemente su madre. Y junto a su mascota. Era una lección dominical de lectura aprovechando el hermoso día y la tranquilidad del lugar. Quizás preparando la lección para la escuela del día siguiente. Una imagen encantadora. Que quise compartir con ustedes.
